Este municipio es uno de las más afectados por el sismo de 7.1 grados Richter que sacudió al centro del país, su nombre: Jojutla. Está ubicado en el estado de Morelos, a poco más de dos horas de la Ciudad de México. El pasado miércoles el presidente Peña Nieto lo visitó. Ahí, en un recorrido entre los sitios afectados, dijo que daría apoyos para los damnificados. Pero 24 horas después, los reflectores que prendió la visita del mandatario se apagaron.

Es jueves 21 de septiembre y los habitantes de Jojutla velaban a uno de sus muertos en un taller mecánico. No se sienten seguros, temen que sus casas se derrumben y la ayuda que llega no es suficiente: hay racionamiento. Muchas construcciones muestran visibles fisuras en sus muros. Algunas se tambalean cada vez que pasa maquinaria pesada cerca. A pesar de eso, los pobladores intentan rescatar sus pertenencias sepultadas bajo toneladas de cemento. Ingresan a sus domicilios buscando una cobija, fotos familiares o documentos personales.

No hay calle en la que al voltear no se vean escombros de casas derrumbadas o cintas amarillas de precaución por posibles colapsos en las construcciones. Cientos de voluntarios, rescatistas y policías federales limpian día y noche las ruinas de este poblado. Los motores de las máquinas no dejan de sonar, el ruido de las ambulancias ya no se escucha. Ya no hay nadie a quien rescatar. Aquí han muerto 17 personas, de acuerdo con cifras de Protección Civil. En todo el estado se cuentan 73.

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"Me encuentro en Jojutla, Morelos, para recorrer la zona afectada por el sismo, estar con su gente y coordinar acciones con el gobierno estatal", dijo el presidente en su cuenta de Twitter. También señaló que su gobierno está "trabajando de manera coordinada con el gobierno del estado para canalizar los apoyos y atender a la población afectada". Y después puso en manos de los habitantes la responsabilidad de verificar que la ayuda llegue a las personas que realmente la necesitan.

Recorrido por Jojutla, Morelos. (Imagen por Hans Musielik/VICE News).

Francisco López espera que el apoyo gubernamental llegue lo más pronto posible. Su casa está completamente derribada. El movimiento telúrico convirtió su vivienda de dos plantas en una sola. El piso de arriba aplastó por completo al de abajo. El ejército tuvo que ayudarlo a quitar la herrería de una ventana para que pudiera meterse y salvar lo poco que le quedó.

"El presidente nos prometió ayuda, pero mientras no tengamos una casa de pie, vamos a vivir en casas ajenas con amigos y familiares. En esta casa, que yo construí con lo que llevo de mi vida laboral, vivíamos ocho personas. Ahora nos quedamos con nada", dice al interior de su inhabitable domicilio.

"Con nuestros propios recursos —señala— no vamos a poder levantar esto. Sobre todo a los que somos de la tercera edad, no nos va a alcanzar con los que nos queda de vida para reconstruir nuestros hogares. Que nos ayude el gobierno porque toda esta calle, bueno toda la colonia, está completamente destruida".

A una cuadra de ahí, un vecino de Francisco se sienta en un banco de plástico que ha acomodado en la banqueta. Recarga su espalda en la pared. Trae en la mano derecha una fotografía de su hija, en la que se ve a la pequeña vestida con uniforme escolar rojo junto a sus compañeros de grupo. En la izquierda carga una carpeta con documentos desordenados. A veces ve la foto, a veces lee alguno de los papeles y de vez en cuando mira su celular. No habla.

Frente a él están las ruinas de su casa. Es una montaña de escombros en la que se ven varillas dobladas, unas escaleras de concreto trozadas a la mitad, cubetas destruidas, tabiques rojos sueltos, láminas rotas, plantas tiradas, cobijas llenas de polvo y un colchón mugroso.

De pronto se levanta y expresa, como si lo hubiera contenido por horas:

—Ayer vino el presidente Peña Nieto y se tomó una foto sobre los escombros de mi casa. No pude recibirlo. Estaba enterrando a mi hija y a mi esposa.

Recorrido por Jojutla, Morelos. (Imagen por Hans Musielik/VICE News).

En la entrada de Jojutla hay un albergue ubicado en una unidad deportiva acondicionada para brindar atención a decenas de personas. Se han adaptado baños portátiles para que los afectados y las fuerzas de seguridad hagan sus necesidades. Ayer llovió y la gente seca al aire libre una treintena de colchonetas colgadas en una reja que da hacia la cancha principal del lugar. Algunas de sus cosas como peluches y cobijas aún están húmedas. Para evitar dormir sobre el pasto mojado algunos duermen en las gradas, o en casas de campaña abajo de las lonas verde olivo colocadas por el ejército.

Los damnificados descansan sentados en sillas de plástico. Se aburren, otros juegan futbol con sus hijos pequeños donde el pasto está seco. Una mujer embarazada se pasea sobre la cancha de basquetbol. Otra de la tercera edad hace ejercicios de relajación al lado de la alberca. Dos personas nadan en ella.

Han improvisado una unidad médica al aire libre. Hay camas de consultorio, tres básculas que miden peso y talla, sillas de una sala de espera, cortinas como las que dividen a los enfermos en los hospitales y una mesa con medicinas. Además, tres doctores atienden a la población que paciente espera en la fila para que sus hijos sean atendidos.

Junto a ellos, la gente camina con lodo en los zapatos. Ayudan a organizar el acopio que ha llegado. Cargan cajas, doblan bolsas, llenan garrafones de agua. Detrás de ellos, ciudadanos transportan de mano en mano víveres a un camión que los repartirá en otras comunidades. Es un campo de refugiados controlado por militares y policías federales.

En ese albergue vive, por ahora, Mónica Zambrano de 45 años. Tiene 2 hijos de 19 y 14. Está aquí porque de lo contrario podría perder los apoyos que el gobierno le prometió: para ayudarla le exigen seguir un proceso que incluye vivir en un refugio. Es trabajadora doméstica y gana 130 pesos al día (unos 6 dólares) y su marido 2.500 (unos 125 dólares) a la quincena. "Con eso cómo vamos a reconstruir nuestra casa", dice indignada.

Otro albergue ha sido acondicionado en un kínder para que la gente pueda pasar una o varias noches. Pero hay un problema, no hay baños suficientes para los que ahí se encuentran, apenas seis sanitarios y dos mingitorios para hombres y mujeres. Los vecinos —a los que no se les cayó su casa— ofrecen sus baños para aquellos que lo necesiten.

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Ahí vive desde el día del sismo Alondra, una adolescente de 18 años que tiene siete meses de embarazo. En noviembre dará a luz a su hija Valentina. El día del terremoto logró salir de su casa mientras las paredes y los techos caían. Ella se encontraba en la parte trasera de su domicilio, las habitaciones de enfrente fueron las primeras en colapsar. La joven tuvo que esquivar los escombros para salvar su vida. Los pocos muros que quedaron en pie serán demolidos en los próximos días.

Entre la nube de polvo que dejó el derrumbe, apareció Fiona, su perrita raza french poodle. "Somos nueve familiares aquí en el albergue, Fiona también vive aquí, pero desde ese día está asustada, se pone nerviosa y enseña los dientes cuando alguien se le acerca. Ahorita anda algo hostil".

—¿Que le das de comer?

—Pues a veces nos dan croquetas, pero como está asustada no quiere comer.

Recorrido por Jojutla, Morelos. (Imagen por Hans Musielik/VICE News).

Diana es una joven universitaria de la Ciudad de México. Desde hace dos semanas vive en Jojutla. Debido a su pasión en el cuidado de los animales se ha puesto a coordinar el acopio destinado a perros, gatos y demás fauna afectada por el terremoto. Junto con otras cuatro de sus amigas organizan en bolsas de plástico la comida que irán a repartir casa por casa para aquellas personas damnificadas dueñas de mascotas.

De un costal de croquetas saca el alimento y lo divide en porciones que considera iguales. Amarra las bolsas, las pone en una mesa, las cuenta y se decide a iniciar la jornada vespertina de apoyo animal. Sus compañeras la siguen e indican las calles por las que no han pasado a dar comida.

—Mira en esa casa hay un pitbull y otros cuatro perritos pequeños. Ayer vine y estuve tocando pero nadie me abrió. Creo que la casa ya está abandonada. Tuve que meter las croquetas por debajo de la puerta, pero lo que me preocupa es que seguramente no han tomado agua —dice mientras señala un domicilio con un portón de unos cuatro metros de altura.

—¿Y si nos brincamos? —propone una de sus compañeras.

—No lo sé. Me da miedo que me vaya a morder el pitbull. Ha de estar bien nervioso porque no ha comido.

De pronto, un muchacho, al que la brigada de Diana le había regalado coquetas para su perrita se ofrece a brincarse y entrar a la casa sin permiso. Apenas lo van a decidir cuando con un brinco logra elevarse entre la pared y el portón. "Ayúdenme por favor", grita buscando que lo apoyen para trepar. Lo consigue, brinca al patio y abre la puerta por dentro, pero los perros están encerrados en otra habitación. La dueña de la vivienda llega justo en ese momento. Los chicos se ponen nerviosos, pues acaban de invadir propiedad privada. Después de una breve explicación a la responsable de los animales, ella les agradece la preocupación por su perros. Le dejan varias bolsas de alimento.

Continúa el recorrido entre las calles llenas de basura orgánica y restos de casas. "Alguien que tenga perros o gatos y que no tenga comida", grita a cada rato Diana alargando las palabras para que su mensaje se entienda más. Los vecinos salen de las casas y reciben el apoyo que esta vez será destinado para sus mascotas. Agradecen cada bolsa de croquetas que les dan.

Recorrido por Jojutla, Morelos. (Imagen por Hans Musielik/VICE News).

Jojutla, una localidad de poco más de 55.000 habitantes, quedó incomunicada durante dos días. Hasta 48 horas después, cuando se restableció el servicio de luz eléctrica, se enteraron que en la Ciudad de México habían colapsado más de 30 edificios —actualmente la cifra está en 38— y que permanecía gente atrapada bajo los escombros.

El servicio de agua aún no se compone y una pipa abastece los botes que los vecinos lograron rescatar de sus hogares. La gente se baña con la menor cantidad de agua posible o no lo hace a pesar de que la humedad de la región mantiene a sus habitantes sudando buena parte del día. Los 'sin casa' que no han encontrado refugio con sus familiares y que se niegan a ir a los albergues por temor a la rapiña, son los que más sufren.

Se pasan el día sentados pero cambiando de lugar constantemente huyendo de los rayos del sol, buscando la sombra. A veces acomodados en colchones sobre la acera, rodeados de juguetes rotos, libros viejos y maltratados, trastes sucios, ropa polvorienta, muebles destartalados y muchas, muchas piedras. Esperan que no llueva.

A pesar de eso, en Twitter y en Facebook se publicaron comentarios que exigían no mandar más ayuda a Jojutla, porque ya había demasiada y era mejor repartirla en otras comunidades menos mediáticas. Sin embargo, es este el municipio más afectado del estado y el que tiene el mayor número de casas derrumbadas: 150 de las 20.000 que sufrieron daños en todo el estado.

"Ya no lleven ayuda a Jojutla, ahí ya hay mucha". "No sólo en Jojutla, también hay otros municipios afectados". "Por favor no concentren todo el apoyo en Jojutla, no dejen solos a los demás", se leía en post de las redes sociales. Pero la llegada de víveres no se detiene. Aún así los habitantes aseguran que siguen siendo insuficientes y cada vez que ven a alguien de la prensa le piden que los ayude a difundir la situación para recibir algún apoyo.

Por la noche, un señor pide un vaso de agua a los responsables del albergue. Le dicen que no. No porque se haya acabado, sino porque deben dosificar el agua para los próximos días. La explicación es la siguiente:

"Si nos acabamos todo ahorita ya no vamos a tener después. ¿Qué vamos a hacer cuando dejen de mandarnos víveres la próxima semana que ya no seamos noticia?".

Vía vice | Ver post original